
Su madre murió al dar a luz, consumida por las llamas que su hijo trajo consigo al venir al mundo. O al menos eso le dijeron una vez. Pasó el resto de su vida yendo de orfanato en orfanato, pues todos ardían cuando el pequeño niño se enfurecía lo más mínimo. Finalmente decidieron dejarlo abandonado en la calle. Allí Bane se dedicaba a vivir como un ladrón, robando todo lo que podía para subsistir. Sin embargo, descubrió que pese a todo lo que comía, se volvía más débil. Hasta que un día casi no podía ni tenderse en pie. Una misteriosa mujer se acercó a él, derramando una botella de licor encima suya.
-Eh...eh, chico. ¿No te da vergüenza estar tirado en la calle medio muerto siendo quien eres?
Bane habría escupido al hombre y huído, pero estaba demasiado débil. O eso creía él, pues en cuanto se relamió el alcohol de la cara y lo tragó, se sintió revitalizado. No tardó nada en saltar a por la botella del hombre y empezar a beber como si nunca en su vida hubiese bebido algo.
-Cuidado, más despacio. No vayas a atragantarte.
El joven muchacho paró de beber y miró a la mujer extrañado. Sentía algo en su pecho...algo que le molestaba ligeramente. Sentía que conocía a la fémina. Y es que realmente era su madre, la deidad de fuego, que se hartó de tener un hijo tan inútil. Ambos charlaron. Bane conoció sus orígenes y su madre le dio una misión, un motivo para vivir: cumplir con el trabajo de su madre, pero en el mundo mortal, pues su madre era la diosa del fuego, pero también castigadora de pecadores. Era sencillo, pues sólo tenía que matar a los peores criminales y enviarlos al reino de su madre para que fuesen juzgados con mayor dureza.
Sin embargo...Bane fracasó en su misión en una ocasión. Años más tarde, Bane tuvo la misión de matar a una chica hermosa que le robó el corazón, motivo por el cual perdonó su vida y la dejó escapar. Pero esa chica le traicionó e intentó matarle, apuñalándolo con una daga en el pecho. Esa chica sabía quién era Bane, y temía que pudiera acabar con ella algún día, por lo que pensó que mejor era acabar antes con él. Entonces fue cuando la deidad se presentó nuevamente frente a su hijo, una vez más moribundo, portando una enorme espada de color negro.
-Has sido un completo idiota, Bane...no sólo te han traicionado a ti, sino que me has traicionado a mí, a tu propia madre, al no cumplir con tu misión. No puedo contar contigo para esto...ya no me sirves. Vas a vivir, Bane. Pero la marca de tu traición la llevarás siempre en el pecho.
Y la deidad clavó aquella enorme espada en el pecho de su hijo, el cual empezó a arder. La hoja se iba clavando cada vez más profundo en el cuerpo de Bane, quien no paraba de gritar de dolor. Un dolor insoportable durante diez minutos, los cuales parecieron horas para el hombre. Bane despertó horas más tarde, con una enorme quemadura en el pecho. Estaba horrorizado.
Desde entonces, sin tener un sólo objetivo en la vida, se dedicó a vagar por el mundo sin rumbo, durmiendo en la calle y gastándose el poco dinero que conseguía en alcohol para sobrevivir.